
El estudio de la contienda política en el pensamiento de Charles Tilly
Celia R. M.
Máster en Problemas sociales
Nota: 6 sobre 10
Índice.
Introducción…………………………………………………..
Pág. 3
La
montaña rusa de la acción colectiva………………….Pág. 4-5
El
legado de la lucha por demandas sociales…………..Pág. 6
La fuerza de “los no poderosos”
…………………………Pág. 7-9
Contexto
de las revoluciones modernas……………….. Pág. 10-11
Conclusiones………………………………………………….Pág.
12
Bibliografía……………………………………………………..Pág.13
Introducción
“Los
momentos de locura-en los que <<todo es posible>>-se repiten de
modo persistente en la historia de los movimientos sociales” (Sidney Tarrow,
2001:99)[1].
Con
esta cita queda remarcada la importancia de la acción colectiva a lo largo de
la historia como motor de cambio, tal y como lo fue la Revolución Francesa de
1830 o la Revolución Rusa de 1917, incluyendo a aquellas llamadas
postelectorales como la Revolución Naranja de Ucrania y más actuales como el caso de los “Chalecos
amarillos” en Francia durante el 2018
que, habiéndose iniciado por el rechazo social contra el aumento del
carburante, se ha cristalizado en una serie de reivindicaciones como lo son la dimensión
de Emmanuel Macron y la implementación
de una democracia directa; que muestran el despliegue de fuerzas contra la pérdida
del poder adquisitivo de gran parte de los ciudadanos franceses.
Todas
estas revoluciones, acciones colectivas y conflictos políticos, aparecen en la
historia como reacciones a las crisis económico-sociales y/o políticas llevadas
a cabo por ciertas personalidades y obviando o eludiendo el poder y la fuerza
de las actuaciones de masas. Así, por ejemplo, en el primer caso, domina la
figura de Robespierre y en el segundo, la figura de Lenin.
Esta minusvaloracion del poder de la gente de a pie que se ve reflejada en la
producción académica de manera clara, ha sido resaltada por Tarrow y por Tilly,
quienes sí que estudiaron las posibilidades de influencia de “los no poderosos”
en la acción colectiva popular desde el marco del realismo operativo (realismo
relacional).
Tomando
como ejemplo la protesta de los chalecos amarillos y en concordancia con la
eliminación, en la literatura académica, del poder de las masas en el cambio social,
queda visible a opinión pública los actos cometidos por estos grupos en el
momento de manifestarse, sin tener en cuenta todas las causas, situaciones,
movimientos… que han motivado la praxis de dichas demandas, es decir, la
opinión pública queda prendada de lo sucedido durante la cresta de la ola de la
movilización, y parece que todo sea producto de un único elemento: la subida
del precio del carburante. No obstante, si evitamos analizar únicamente a
partir de la observación directa de la cresta del conflicto y ahondamos en la
problemática a través de un pensamiento lógico, surgen preguntas tales como: ¿Es
la subida del carburante el único factor que ha provocado esta acción de
protesta? ¿Cómo se han organizado para alcanzar dicho rango de acción? ¿Por qué
deciden hacer concretamente barricadas que bloqueen carreteras, pintadas y
manifestaciones con carteles y pancartas?
Estas
preguntas responden al estudio sobre la acción colectiva y en concreto a los
ciclos de acción, en los que aparecen varios conceptos que se irán desglosando
a continuación.
La montaña rusa de la acción
colectiva
Como
ya se ha explicado, todas estas acciones
colectivas, que, tal y como dice Tarrow, dejan impresiones indelebles en la
conciencia pública, son en realidad la cresta de oscilaciones más amplias de
movilización que escapan a la percepción popular y que suelen converger con los “momentos de locura” que componen el inicio
de un ciclo de protesta, es decir, momentos en los que las acciones colectivas
y las reacciones a ellas, de manera interrelacionada, crecen y decaen en frecuencia
e intensidad con cierta proximidad
cronológica.
Las
crestas de las oscilaciones dentro de los ciclos de acción, como ya se ha
mencionado, son las más visibles a nivel público y tienen un fuerte impacto en
la conciencia social, produciendo, según Zolberg, significativas
transformaciones por tres caminos distintos:
El
primero es el llamado “Torrente de palabras”, que implica un trasvase de ideas,
inicialmente expresada en pequeños grupos cerrados, que salen a la luz posteriormente
en forma de creencias ampliamente compartidas entre grupos más vastos, filtrándose
así desde aquellos que les dan nacimiento a aquellos que las hacen suyas, por
ejemplo, en el caso de los chalecos amarillos, ese “torrente de palabras” se
dio a través de la expansión por las redes sociales del llamado “bloqueo
nacional contra el aumento de combustible” por parte de los conductores de
Seine-et-Marne, Eric Drouet y Bruno Lefevre. Esta idea es asumida más tarde por otros protagonistas, que abogan por los
bloqueos de carreteras y rotondas en varios departamentos franceses.
El
segundo camino está muy ligado al primero ya que se trata del arraigo de esas
nuevas creencias expresadas en un lenguaje más adaptado al conjunto de los
sectores de población radiales a la protesta, constituyendo rápidamente redes
de personas que difunden las ideas y las
expanden, actualmente, con el avance de las nuevas tecnologías de la
comunicación, este avance se realiza sobre todo por las redes sociales.
Finalmente,
quedan atrapadas en el repertorio de
contestación, no de una manera instantánea, sino a través del desarrollo dinámico
de ciclos mayores de movilización en los que las innovaciones producidas se
difunden, se ponen en a prueba, se reafirman y terminan formando parte del
repertorio.
El
“momento de locura” que da nombre al
repentino surgimiento de acción colectiva más o menos al inicio de un ciclo de
protesta no es el único rasgo que lo mide, dentro de éste encontramos la
exaltación del conflicto que atraviesa el sistema social, como ocurre
actualmente con la crisis económica y los sucesivos recortes en ayudas sociales
junto con la subida de los precios en electricidad, gas, carburante… que
impiden el consumo de los mismos por parte de, cada vez mas vastos, sectores de
la población.
La
exaltación de la situación conflictiva se difunde geográficamente y
sectorialmente desde el centro del conflicto hasta la periferia, provocando la
adhesión de aquellos grupos que reivindican las mismas demandas y de otros que se
solidarizan con la situación.
Una
vez visualizado el problema y difundido, el ciclo de protesta se desencadena a
partir de un acontecimiento
impredecible, en el caso de los chalecos amarillos seria el carburante. Este
desencadenamiento evoca la pregunta mencionada en la introducción sobre la
organización del movimiento, es decir, ¿Cómo se
han organizado para alcanzar dicho rango de acción?; en análisis empírico
constata que dichos movimientos casi
nunca están controlados por una sola organización novecentista, sino que
en ella participan diversas entidades como lo son los sindicatos, partidos políticos
y organizaciones de diverso índole que confluyan en los mismos intereses o que perciban
la situación como una estrategia para apoderarse de una mayor fuerza política durante
el apoyo al mismo. Estas organizaciones pueden desarrollar un grado alto de
actividad en el movimiento, convirtiéndose así en las principales portadoras de
la ola de protesta y produciendo una prolongación en el tiempo en la medida en
que la contestación no cese sólo porque un grupo particular sea satisfecho,
reprimido o se canse de la vida en las calles.
El
siguiente rasgo coincide con la subida de la montaña rusa del ciclo de protesta,
es decir, con la creación de nuevos marcos de significado, ya explicados
anteriormente junto con el concepto “momento de locura” y se refiere a los símbolos
nuevos o transformados durante los ciclos de protesta; marcos de significado e
ideologías que justifican y dignifican la acción colectiva en torno a los
cuales se puede movilizar a un grupo de seguidores al extenderse del centro del
conflicto hacia la periferia.
Finalmente,
los repertorios de contestación también se expanden en el seno del contexto
experimental de los ciclos de protesta; quedando la praxis de las protestas más
exitosas y transferibles dentro del futuro repertorio de acción colectiva
incluso en tiempo más tranquilos. Dichos repertorios no son meros significados
instrumentales cuya operatividad se reduce a la exigencia de nuevos derechos y
privilegios, sino que expresan en sí mismos los derechos y privilegios que los
protestatarios demandan y difunden, quedándose en la memoria colectiva como
expresiones generales de sus reclamaciones y otras similares.
El legado de la lucha por demandas
sociales
La puesta en acción de las luchas sociales, como lo son las huelgas, las
manifestaciones , las peticiones y las audiencias, son producto de un repertorio heredado del pasado, concepto que recoge la presencia y la frecuencia
relativa de las formas convencionales de acción colectiva en oposición al uso
de la confrontación y la violencia, puesto que, cuando los organizadores de un
movimiento piensan en la mejor forma de movilizar grandes cantidad de personas
contra fuerzas superiores, lo más común es que vuelvan a las formas de
aglutinarlas que han sido comprobadas empíricamente en el pasado con resultados
positivos.
Por ejemplo, las protestas de los Chalecos
amarillos, según un artículo del 3/12/2018 de la revista electrónica Investig’action sobre este tema titulado
Francia: los chalecos amarillos y “las
lecciones de la historia”, explica extensamente que la forma de movilización de dicha acción
colectiva recuerda a las Jacqueries, en palabras de Gerard
Noiriel <<En un artículo de opinión publicado
por el diario Le Monde (el 20 de noviembre de 2018) el sociólogo Pierre
Merle escribe que “el movimiento de los «chalecos amarillos» recuerda a las jacqueries
del Antiguo Régimen y de los periodos revolucionarios”>>[2]
Con
esto queda demostrada la gran influencia de la historia en las acciones
colectivas así como del repertorio heredado en las llamadas Formas convencionales: peticiones, audiencias
y acciones legales, marchas y reuniones publicas, así como huelgas y asambleas.
Por
su parte, Tilly concibe el repertorio como un conjunto completo de medios que
tiene un grupo para efectuar demandas de distinto tipo ante diferentes
individuos o grupos. Por lo que no solo existe un repertorio heredado, sino que
también hay un repertorio general a disposición de la población, que no es
ilimitado, ya que se encuentra dentro del marco del conjunto de opciones
culturalmente sancionadas que se esperan elegir y empíricamente limitada por el
cómo hacerlas. En consecuencia, el repertorio de contestación cambia muy
lentamente a razón de estar restringido por las configuraciones de la económica
y la formación del Estado, así como por su cambio lento cultural y natural que
conlleva el desarrollo paulatino de las sociedades.
Basado
en el carácter propio del concepto de repertorio, quedan fuera de dicho termino
tanto las acciones violentas como las confrontaciones, entendiendo el concepto
de acción violenta a modo de ataques a
la propiedad, a antagonistas y a autoridades como el caso de choques con la
policía; y catalogando las ocupaciones, las obstrucciones, las irrupciones
forzadas o las huelgas salvajes como confrontaciones.
La fuerza de “los no poderosos”
La
fuerza del descontento de las grandes masas populares ha sido objeto central de
análisis en lo que respecta a posibilidades de defensa y articulación de los
intereses de la gente común, y en los esfuerzos para mejorar sus posiciones
relativas de poder e infrecuencia desde el siglo XIX.
Heredado
este interés por parte de Tilly y Tarrow que acogieron la propuesta de Realismo
Relacional como herramienta para la facilitación de la identificación de
elementos intermitentes en cada proceso de conflicto y la interacción
estratégica entre ellos; se desarrolla el análisis relacional, pincelada que se ofreció al inicio del ensayo
y que entiende la interacción estratégica de los actores como el resultado de
decisiones relacionales de los mismos.
Anteriormente
se ha relacionado la acción colectiva con la movilización de los Chalecos
amarillos, tendiéndose a confundir los términos acción colectiva, revolución,
conflicto político y cambio social en la clasificación de hechos históricos
notables como los ya nombrados.
Esta
mezcla de términos es lógica, ya que entre los mismos existe una interrelación
dialéctica, fruto del trabajo realizado sobre el cambio social desde el marco
del realismo operativo.
Primeramente
se ha de diferenciar la acción colectiva de cualquier otro concepto,
entendiendo por ésta toda acción representada por un conjunto de personas en
las que puedan identificarse intereses,
organización, movilización y oportunidad, en otras palabras, en ella convergen
en los mismos intereses, objetivos o reivindicaciones, y que se organizan en
una estructura interna y externa para movilizarse, es lo que se define como “acción
colectiva”.
Dicha
movilización depende de ese tránsito popular que va desde un estado de
pasividad individual a la implantación activa grupal mediante la consecución y
gestión colectiva de los recursos disponibles y se encuentra definida por la
oportunidad política del contexto que
puede tanto favorecer como dificultar la formación de dicha acción colectiva
y/o su consolidación.
Una
acción colectiva puede acabar componiendo un conflicto político, es decir, un conjunto
de personas que, identificándose con una
serie de intereses, defienden unas reivindicaciones frente a unos actores
definidos y concretos. Tales reivindicaciones han de ser colectivas y publicas,
presentándose y defendiéndose de manera
visible y, lógicamente, han de afectar
tanto a los intereses de los actores reclamados como de los reclamantes y al
menos uno de los actores debe ser un gobierno.
Los
conflictos políticos pueden llevar a un cambio social, es decir, un cambio en
la estructura de la sociedad. En este sentido, Tilly propone la comparación sistemática
de estructuras y procesos no solo para contemplar la situación con perspectiva,
sino para ayudar a identificar causas y efectos, uniendo y relacionando el
tiempo y el espacio con la estática y dinámica social, oponiéndose totalmente a
la concepción dicotómica clásica entre orden y desorden, que los concibe como
opuestos irreconciliables, cuando en realidad se trata de un proceso gradual
que encierra esta misma contradicción hasta solventarse.
En
resumen, existe una interrelación entre conflicto político y cambio social y
entre conflicto social y cambio político en conexión, asimismo, con el concepto
de revolución.
Tilly
define la revolución de manera no restrictiva, refiriéndose a ésta como “todo
cambio brusco y trascendente de los gobernantes de un país” ( Tilly 1995), es
decir, se trata de una transferencia de la fuerza del poder del Estado, proceso
en el cual al menos dos bloques diferentes tienen aspiraciones, incompatibles
entre sí, a controlar el Estado y en el que una fracción importante de la
población sometida a la juridistriccion del Estado apoya las aspiraciones de
cada uno de los bloques
La
simplificación de la definición y el orden dados no tiene otro objetivo que el
de intentar conseguir resultados productivos y facilitar la disección del
fenómeno revolucionario distinguió dos componentes del mismo que a pesar de
estar relacionados y ser causales, uno no implica a otro.
El
primer componente es la situación revolucionaria, compuesta por tres causas: La
aparición de 2 o más bloques contendientes, incompatibles con el poder
gobernante y con posibilidad e intención de controlar el Estado; el apoyo de
los ciudadanos a esas aspiraciones de los desafiadores y la incapacidad de los
gobernantes para suprimir la coalición alternativa, es decir, un claro
debilitamiento del Estado que impide su control.
El
segundo componente que depende del primero pero que no tiene una naturaleza
necesaria de aparición, es el resultado revolucionario, que tiene lugar cuando
se produce “una transferencia de poder en manos de quienes lo detentaban antes
de que se planteara una situación de soberanía múltiple a una nueva coalición gobernante”(Tilly
1995)
La
distinción entre la situación revolucionaria y el resultado revolucionario,
permite identificar distintos sucesos políticos
en función de dos variables: por una parte, el grado de trasferencia de poder y
por otra parte, la división de la comunidad política. Si hay un alto grado de transferencia
de poder y una máxima división social, estamos ante una revolución; en caso
contrario, es decir, si no hay ni transferencia efectiva de poder ni división significativa
de la comunidad política, nos encontramos en una situación de normalidad
política.
Foran y Wickham-Crowley también han investigado las revoluciones a
través de estudios sistemáticos sobre los casos con o sin resultados
revolucionarios dentro de una amplia muestra de situaciones revolucionarias, al
igual que lo haría Tilly, ya que este era partidario de equiparar el estudio de
los procesos tanto exitosos como fracasados denotando la necesidad de
profundizar en las cuestiones
ontológicas y epistemologías de mayor complejidad sobre las dinámicas
del conflicto político. Así, McAdam, Tarrow
Tilly señalan varios problemas a superar: los tres realizan llamamientos
a ampliar las miras mas allá de las revoluciones sociales, a razón de los
fracasos producidos a la hora de examinar los mecanismos transformadores que
producen resultados revolucionarios a partir de situaciones
revolucionarias.
La
explicación teórica completa de las revoluciones requería responder a tres
preguntas progresivas sobre las condiciones y procesos necesarios para el
surgimiento de unos contendientes viables del poder estatal con fuerza
suficiente para desplazar al régimen implicado y mantener esa lucha por el
control del nuevo estado de manera sostenida produciendo como resultado una
revolución.
Dada
esta necesidad de explicación teórica, los autores proponen dos teorías
novedosas y principales.
La
primera es la centralidad de conceptos de contienda política y la segunda es la
reconstrucción de las teorías clásicas sobre movimientos sociales, desmenuzando
sus aportaciones y aplicándolas a un contexto dinámico.
Contexto de las
revoluciones modernas
En
el contexto del siglo XX, con la aparición de las democracias modernas, Tilly
cataloga las nuevas formas que toma la revolución, caso de las llamadas
“revoluciones de colore, como procesos
en los que, tras una fase de protesta por parte de la sociedad civil ante la
sospecha o evidencia de manipulación de los resultados electorales, se produce
una transferencia de poder no prevista en los cauces institucionales
(revoluciones postelectorales), protagonizados por coaliciones de opositores
que desafiaron el poder estatal.
Esta
nueva catalogación es producto de una advertencia de los estudios sobre las
similitudes entre procesos cuya transcendencia se alejaba de las grandes
revoluciones sociales durante los siglos anteriores y encajaban mas en el nuevo
contexto, aunque aquellas motivadas por súbitos levantamientos no han
desaparecido. En este sentido, aparecen
las Revoluciones Postelectorales,
definidas por Thompson como levantamientos populares espontáneos, pacíficos y
compuestos por distintas clases sociales que tienen intereses comparados
dirigidos al derrocamiento de un dictador y al comienzo de un proceso de
transición hacia la consolidación democrática, es decir, el protagonismo de las
movilizaciones sociales en forma de levantamiento procede de la oposición
social desde abajo frente al carácter elitista de las transiciones pactadas y
de los golpes de estado.
Las
revoluciones postelectorales o modernas, junto con la novedad teórica sobre la
centralidad de conceptos de contienda política, lleva a considerar esta última
como la interacción entre los que los autores denominan Contienda Contenida y
Contienda Transgresiva.
MacAdam
entiende la Contienda Política como la interacción episódica, publica y
colectiva entre reivindicadores y sus objetos cuando al menos el gobierno es
parte de uno de esos reivindicadores o
de sus reivindicaciones. La satisfacción de las reivindicaciones tiene que
afectar a los intereses de, al menos, uno de los demandantes.
La
Contienda Contenida y la Contienda transgresiva se definen de la misma manera,
diferenciándose en que la Contienda Contenida hace referencia a que todas las
partes del conflicto estaban previamente establecidas como actores políticos
constituidos y en la Contienda Transgresiva al menos algunos de los participantes
en el conflicto son actores políticos autoidentificados como tales
recientemente y/o al menos, una de las
partes, emplea medidas innovadoras.
En
relación tanto a las nuevas revoluciones como a la contienda política, se
desarrolla el modelo de Tilly que define las revoluciones modernas o
postelectorales como la incompatibilidad de los contendientes que conduce a la
apertura de una situación de soberanía múltiple, en la que aparece el apoyo de
un sector importante de la población y la transferencia de perder por la
fuerza, en otras palabras, se trata de un tipo de transferencia del poder en el
cual al menos dos bloques tienen aspiraciones diferentes, incompatibles entre sí,
a controlar instituciones centrales del Estado como son el poder ejecutivo y el
legislativo, llevada a cabo por medios extra constitucionales, y con la
participación activa de un sector significativo de la sociedad en forma de
movilización social tras el no acatamiento por una de las partes del resultado
de un proceso electoral.
La
participación de las masas distingue a las revoluciones de procesos cuya
contienda política implique únicamente a la acción colectiva de las elites,
produciéndose, además de por razones prácticas, por la necesidad de cierta
legitimidad social.
Conclusiones
Tilly
es uno de los más grandes analistas del conflicto y la contienda política
contribuyendo en dos aspectos a la
dimensión epistemológica del análisis de la realidad social: en la integración
entre sociología e historia; y en las propuestas metodológicas aplicadas al
estudio de casos concretos, dividiendo su análisis empírico en dos líneas de
trabajo, una sobre los procesos históricos desde la Edad Media hasta el siglo
XXI y otra sobre esos hechos concretos
de la acción de protesta propia de Europa y EEUU desde el siglo XX hasta
la actualidad.
Con
las aportaciones de Tilly y Tarrow a la metodología sobre el estudio de los
movimientos sociales, se crea un marco de estudio bastante preciso para el
análisis de movilizaciones, revoluciones, cambios sociales, conflictos
políticos y acciones sociales.
Destacando, sobre todo su aportación en la definición de Política Contenciosa
mediante el análisis y disociándola de contienda política opuesta al
individualismo. Destacando que la dinámica
de la protesta social está relacionada con su contexto político, social,
económico y cultural.
Bibliografía
-
Funes Rivas, María Jesús . (2011) “A
propósito de Tilly: cómo acercarse al personaje y a su obra”, en Funes, María
Jesús A propósito de Tilly: Conflicto,
Poder y Acción Colectiva”. Madrid: CIS.
-
Andrés, Jesús
y Ruiz Ramas, Rubén (2011) “El concepto de Revolución de Charles Tilly y las revoluciones de colores”, en Funes
Rivas, María Jesús (Ed.) A propósito de
Tilly. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
-
Tarrow, Sidney
“Ciclos de acción colectiva: entre los momentos de locura y el repertorio de contestación”
en Mark TraugottProtesta Social:
repertorios y ciclos de acción colectiva”
-
Gerard Noiriel (3/12/2018). “Francia: los chalecos amarillos y <<Las
lecciones de la historia>>”. Investig’action. (revista
electrónica)1p.
[1] Cita extraída del capítulo
4 del libro Protesta Social. Repertorios y ciclos de la acción colectiva.
[2] La
revista de la que se extrajo este extracto
tiene la siguiente dirección en internet:
https://www.investigaction.net/es/francia-los-chalecos-amarillos-y-las-lecciones-de-la-historia/
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