Celia R. M.
Máster en Problemas sociales.
El Descontento en las sociedades
complejas.
Nota: 7/10
Índice
1. Introducción
…………………………………………………………………...Pág. 3
2. Evolución
de la represión: métodos y cambios…………………………..Pág.4-6
3. La
dimensión cultural en la legitimidad de la violencia….……………….Pág.7-8
4. Aspectos
de la violencia y vínculos con la temporalidad……..………....Pág.9-10
5. Un
ejemplo de acontecimiento transformador (Sewell)………………….Pág.11-12
6. Dilema
del Orden Público en el caso de Tombogrande………………….Pág. 13-15
7. Conclusiones………………………………………………………………….Pág.
16-17
8. Bibliografía…………………………………………………………………….Pág.
18
1.
Introducción
La
violencia política debe atender al “[…] amplio conjunto de medios y estrategias
disponibles para actores concretos y al ambiente o contexto cultural e
institucional en el cual determinadas acciones son puestas en práctica.”
(Mosteyrín, 2011:267)
Estos
medios y estrategias componen, también, los repertorios de acción colectiva de
Tilly, entendiendo por éstos el conjunto de medios que un grupo utiliza y posee
para visibilizar sus demandas sobre
distintos grupos o individuos. En este
sentido, los repertorios cambian en función de la racionalidad estratégica y de
la interacción con otros actores.
A
continuación se explicaran los cambios en la represión, siguiendo con la
importancia cultural en la legitimización de la violencia enlazado con los aspectos de ésta y sus vínculos con la
temporalidad para terminar con dos casos
prácticos en los que se evidencian estas teorías.
2.
Evolución
de la represión: métodos y cambios
Max
Weber señala que el Estado es “[…] aquella organización que reclama con éxito
el monopolio del uso de la fuerza legitima en un territorio.” (Palacios, 2011:
249) y que, para asegurar el monopolio
de dicha fuerza, utiliza una serie de burocracias:
los ejércitos, las fuerzas policiales, el sistema judicial y la infraestructura
carcelaria, siendo, la especialización funcional de cada una de ellas, uno de
los puntos determinantes en la formación del Estado moderno.
Cuando
se habla de la formación histórica del Estado, Charles Tilly se distancia de la
noción de “fuerza legitima” que propone Weber y se aproxima a la propuesta de
Arthur Stinchcombe al legitimar la aceptación de un poder legitimado no tanto
por parte de aquellos sobre los que se ejerce dicho poder sino sobre los otros
detentadores de poder. Por tanto, Stinchcombe entiende el espacio social como
un campo estructurado por centros de
poder, es decir, policías, tribunales, gobiernos y parlamentos que actúan con
legitimidad al estar respaldados y aceptados por otros detentadores que además
acatan y/o aplican las acciones, configurando así, un espacio
institucionalizado.
Una
vez definido qué es un Estado, es necesario analizar qué es gobernar: “Gobernar
implica estar en condiciones de disuadir o repeler los actos ilegales de los
individuos y grupos que protestan, o que se movilizan agresivamente contra sus
adversarios” (Palacios, 2011. 249). En este sentido, la necesidad y obligación
intrínseca de recurrir a la coerción por parte del gobierno puede chocar con el
valor y el significado que se le dé, por parte de la opinión pública, al acto
represivo, concretamente, cuando éste no se ve proporcionado sino opresor,
insensible a la voluntad ciudadana e incapaz de convencer a la población a
partir de argumentos, en definitiva, cuando carece de democracia.
Esta
necesidad de equilibro entre protesta y represión, entra dentro del llamado
dilema del orden público, según el cual, reprimir desordenes supone un coste y
no hacerlo también, pues significa
dejadez del compromiso con la legalidad y protección de derechos de
ciudadanos. Dicho coste está
condicionado por el lugar geográfico, la naturaleza del conflicto colectivo, el
comportamiento y categoría social de las víctimas y de la incorporación de
diferentes grupos sociales al estatuto de ciudadanía; y determinado por la movilización de terceros actores
relevantes.
A lo
largo de la historia se ha observado una continua adaptación de las medidas
represivas a los estallidos de violencia social, para evitar el coste político.
Así, en el siglo XVIII las monarquías europeas utilizaban el modelo de ejército
permanente que se movilizaba para combatir los grandes disturbios como es el
caso de los motines, mientras que las milicias lo eran para pequeños disturbios
rurales o conflictos de mercado. Con la intención de asegurar la lealtad de las
tropas hacia los gobernantes y su disposición a actuar violentamente contra los
habitantes, se hizo necesario aplicar una serie de estrategias que separaban
las fuerzas represivas del pueblo. Entre estas estrategias se encuentran las
fuerzas militares compuestas por mercenarios extranjeros, de tal manera que se
evitaba la confraternización al aumentar la relación xenófoba; un horario
reglado; la uniformidad; la satisfacción de todas las necesidades dentro de los
muros de los cuarteles; distancia social y moral.
En
el siglo XIX los soldados pasaron a especializarse en contextos de guerra,
dejando de lado el mantenimiento del orden interno, de tal forma que, en el
momento en el que aparecía una reclamación de derechos fuera de los canales de
petición constituidos, el ejercito actuaba sobre los sujetos de tal acción mediante el reglamento atramentario, sin que
la letalidad de las intervenciones preocupase a los poderes públicos. A pesar
de no estar codificado en los reglamentos militares y de utilizar el reglamento
armamentístico, éstos hacían un uso no letal de mismo, cuyo conocimiento se transmitía
por canales informales del oficio militar, con esto no quiere decirse que no existieran
excesos represivos, pues, como se ha mencionado, no estaban reglamentados.
Los
primeros pasos hacia la pauta cultural de la proporción se dieron en Gran
Bretaña con la aprobación de la Riot Act que ofrecía una garantía a la fuerza pública
gracias a la técnica de la lectura de proclamación en voz alta para provocar la
dispersión de la población activista y la carga contra los mismos si estos no
obedecían. Dentro de este contexto, algunos ilustrados reformistas reflexionaron
sobre los tumultos de la ciudad y creaban nuevas formas de intervención para
contener y disolver a las multitudes de manera incruenta.
Con
la entrada de las democracias en las sociedades postrevolucionarias, en el
contexto de un creciente Estado cuya soberanía popular y derechos ciudadanos se
había fortalecido, se produjo un nuevo significado político a la acción de las
multitudes ampliando el coste político represivo, sobre todo después de las
cargas violentas contra una masiva movilización pacífica a favor del sufragio
que deslegitimaron al gobierno y tuvieron un impacto en la legalidad del voto.
A partir de este momento y por extensión, Europa fue cambiando los métodos represivos a otros menos cruentos, demostrando que gran parte
de las victimas en conflictos pequeños
eran producto de pérdida de control de la policía o los soldados y que,
las cargas a bastonazos con caballerías funcionaban como método de dispersión si se mantenía una coreografía
de acción.
Con
la entrada del movimiento obrero en el sistema político, aumentaron los costes políticos
de represión, con los que se mejoraron las técnicas de disuasión.
3.
La
dimensión cultural en la legitimidad de la violencia
Antes
de hablar de Koopmans cabe destacar que se ha enfatizado la importancia del
sistema político como elemento condicionante de la acción colectiva en el marco
del proceso político respecto a la dimensión contextual de la acción. Por
tanto, las oportunidades políticas, que son las dimensiones del sistema
político que proporcionan incentivos
para la acción o disuaden de la misma, es decir, buscan vincular la política
institucional a la acción colectiva, superó sus limitaciones empíricas con la noción
de “estructura del contexto” de Ruth en
1999 quién señala que la noción de
oportunidades políticas olvida que la acción no depende exclusivamente de las características
del sistema político, es así como Ruth parte
de una idea tridimensional del contexto, más cercana a la realidad, pues
aborda un entorno más amplio que el político-institucional. En dicha idea
incluye los factores sociales, culturales y políticos que permiten comprender el papel central de las actitudes,
creencias y valores relevantes, entre otras y dentro de cada contexto.
Koopmans
enfatiza, por su parte, la dimensión cultural en lo que respecte a la
intervención de ésta en el discurso público de la movilización.
Centrando
el análisis de las dos dimensiones expuestas, la de repertorio y la de contexto,
dentro del modelo político, resultan tres aspectos problemáticos para pensar en
las transformaciones contemporáneas de la legitimidad de la violencia como
medio de acción política, es decir, para adoptar la perspectiva clásica de la acción
colectiva.
El primer aspecto es el marcado sesgo
estatalista para comprender la relación entre las dinámicas globales y locales
del conflicto tanto a nivel ideológico y cultural como estructural, introduciendo
el concepto de “contexto global” en esa doble dimensión institucional y
cultural como un contexto de oportunidades para modos específicos de política y
reivindicación. En este aspecto son interesantes tres dimensiones:
1) Considerar
el papel de los actores internacionales en la represión de la violencia.
2) La
adopción y el desarrollo generalizados, tanto en el nivel internacional como
doméstico, de medidas judiciales y legislativas para facilitar la represión de
la violencia.
3) El
proceso de emergencia y la difusión de ideas y discursos sobre el uso de la
misma.
El
segundo aspecto tiene que ver con los aspectos culturales e ideológicos de la acción
o contexto en el que se entiende la acción por actores y audiencias, ya que el
enfoque de marcos para la acción colectiva se limita al considerar la dimensión
cultural de la acción como algo manipulable por la acción social. En este
sentido hay que entender que un marco es un mapa cognitivo que permite a los
actores compartir un diagnostico y un pronóstico común, para ser efectivos
tanto el uno como el otro es necesario que éstos lleguen a la audiencia pero en
esa conexión armonía entre el marco expresado y la audiencia, juegan un papel
importante el resto de factores contextuales del movimiento. Conocer este
universo simbólico en el que marcos concretos tienen sentido y la acción es
comprendida permite entender y analizar como un espacio en el que dichas
acciones son evaluadas por la audiencia como legitimas, efectivas, innovadoras,
transgresoras o inaceptables.
El último
aspecto tiene que ver con la necesidad de establecer un punto de vista
histórico, considerando el contexto como contingente, sujeto al cambio y, por
tanto, como variable con posibilidad de afectar a los repertorios de acción.
4.
Aspectos
de la violencia y vínculos con la temporalidad
En
este apartado englobamos el método
narrativo empleado por Sewell y el análisis de Tilly como complementarios para
comprender las trayectorias de la violencia en el espacio y el tiempo.
Tilly
apela a las propiedades culturales del concepto de repertorio explicado
anteriormente, Montseyrín explica que Tilly se basa en un concepto de
repertorio con una naturaleza más aprendida y simbólica que racional
(Montseyrín, 2011). En su análisis el cuerpo de evidencia empírica proviene de
un catalogo de episodios extraídos de la prensa y archivos históricos durante
13 años con 8.000 reuniones en grupo.
Según
Montseyrín, Tilly señala que hay determinados episodios que adquieren una
significación especial, por lo que tienen que ser analizados profundamente.
(Montseyrín, 2011), ya que se asume que los episodios más pequeños se inscriben
en un proceso más amplio, motivo por el cual son desmenuzados para generar
series temporales y espaciales de manera que se cuantifica y comparan los
cambios de “largo recorrido".
La
propuesta de Tilly es que la variable independiente que explica los cambios en
los repertorios, lo hace de forma gradual en un breve periodo, debido a grandes
procesos de urbanización e institución política, a la expansión del
capitalismo, al gasto bélico, etc. De esta manera el repertorio progresa hacia
una disminución de la violencia, un aumento de su aspecto público y enfocado al
ámbito nacional e institucional. De este punto surgen tres cuestiones
(Montseyrín, 2011)
1) Tilly
desarrolla la idea de repertorio como socio-cultural que implica aprendizaje y
modos de acción de tradición histórica de acuerdo a cada país con la idea de
superar las críticas recibidas. No obstante, cuando se aplica de forma empírica
la idea de repertorio, la elaboración de catálogos se reduce a una cuantificación
del mismo, es decir, a pesar de su complejidad, el modelo de Tilly deja en un
plano secundario el significado o narrativa de los actores.
2) Las
fuentes a partir de las que recoge la evidencia empírica no son neutrales
frente al contexto a pesar de tratarse de archivos oficiales, prensa etc. todas
ellas se formaron bajo condiciones históricas y culturales determinadas en
discursos dominantes de política.
3) Los
cambios estructurales y de larga duración son rígidos en su temporalidad,
dificultando la creatividad de los
actores para redefinir episodios concretos.
A
pesar de las tres cuestiones expuestas, el análisis de los episodios permite entender
los procesos de conflicto al establecer dinámicas estructurales de largo
recorrido. Así como, situar la violencia en el terreno de la estrategia política
dentro del enfoque del proceso político.
Por
otra parte, “Sewell teoriza los <<acontecimientos>> (eventos) como
<<acontecimientos trasformadores de estructuras>> cuándo es en algún
sentido reseñable”. (Montseyrín, 2011:275) esta redefinición afecta a dos
procesos centrales: la emergencia de una lenguaje concreto vinculado con las
nociones de soberanía popular, voluntad popular, etc; y al recurso a formas
especificas de violencia. Ambos procesos coinciden en el momento en que las
masas sociales se apoyan en teorías políticas de soberanía para justificar su acción
y lo que en principio es defensivo se convierte en un acto de voluntad popular,
es decir, una revolución.
Para
Sewell, la alteración de las prácticas y relaciones de poder institucional y
militar son las causas de la transformación social y política. Resalta, además,
ciertas cuestiones en las implicaciones teóricas de la narración de
acontecimientos: Los acontecimientos teóricos articulan las estructuras; son significativos
porque introducen nuevos significados; están perfilados por condiciones
particulares; son momentos de aumento exacerbado de emociones y creatividad
colectiva; están llenos de rituales y generan otros acontecimientos.
Dos aspectos de la teoría de los
acontecimientos de Sewell interesantes: 1) un acontecimiento se vuelve fundador
de cambio social si lo sanciona algún tipo de autoridad; 2) no se puede
explicar todo de un evento.
La
diferencia entre Tilly y Sewell es que
el primero apela a cambios estructurales de larga duración para explicar los
cambios en los repertorios y estilos de la protesta violenta, mientras que el
segundo lo hace en los cambios culturales sobre el concepto de violencia.
5.
Un ejemplo de acontecimiento transformador (Sewell)
Un
ejemplo de evento transformador son los episodios del 11S de 2001, ya que, como
señala Sewell, estos episodios crearon un lenguaje concreto catalogado por el
presidente Bush como “operaciones contingentes en el extranjero”, es decir, se
sustituyó el concepto “guerra contra el terror” lo que muestra un cambio en los
objetivos de la violencia y en el modo que se habla de ella. Es decir, el
discurso empaña la esfera pública generando amenazas y respuestas.
La
violencia, por tanto, está sujeta a narrativas y discursos en un momento
histórico, como señala Koopmans y no se trata de una confrontación entre los
países occidentales sino que se trata de cambios en los umbrales de tolerancia
publica de distintas formas de violencia, como señalo Sewell, que se pueden entender como parte de un
proceso amplio de cambio cultural e ideológico de contexto global. Con esto último se refiere a que son
numerosos los casos de prensa internacional que hablan de la necesidad de la
seguridad, prevención y lucha contra el terrorismo, de manera que reflejan los
parámetros en los que se entiende la violencia
y una contradicción entre los derechos civiles y las libertades públicas
por la necesidad de seguridad y el uso de la fuerza en el marco de la legalidad
internacional. Asimismo, las movilizaciones ciudadanas contra cualquier tipo de
violencia han aumentado a nivel global. Por tanto, y en concordancia con
Sewell, la forma en la que se habla de violencia en los medios de comunicación
de masas, cada vez más internacionales, es importante a la hora de trastocar
los imaginaros de la población sobre lo que se puede y no se puede hacer.
Volviendo
al terrorismo, a nivel internacional se han llevado a cabo medidas contra el
mismo en un debate público, este debate librado respalda a EEUU tras el ataque
terrorista y difundiendo el mensaje de
“tolerancia 0 ante la violencia” y una continua cooperación entre los Estados
miembros con tal de impedir futuros casos de terrorismo, se han dado cambios
profundos tanto geopolíticos como
estructurales y culturales, a través de una secuencia de acontecimientos como
plantea Sewell.
No
obstante, como se ha mencionado, el análisis de Tilly y de Sewell no son
divergentes sino complementarios, es por este motivo que algunas trayectorias
de las transformaciones del contexto internacional del 11S responden al
concepto de Tilly, mientras que se profundiza
en el análisis de secuencias de acontecimientos que son transformadores
(Sewell), con la idea de entender la importancia de las transformaciones estructurales
y culturales.
6.
Dilema
del Orden Público en el caso de Tombogrande.
El
suceso ocurre al descubrir los yacimientos polimetálicos y preparar las bases legales para la exploración y
explotación de Tombogrande entre la Dirección General de Minería y la empresa francesa
BRGM. Esto genera una serie de sentimientos y preocupaciones en la población
del distrito respecto al desarrollo de la mina. No obstante, fue en 1999 cuando
el Estado otorgó la concesión de los
yacimientos de Tombogrande a Manhattan Minerals Corporation de origen canadiense.
La
empresa propuso un proyecto de explotación de minerales mediante excavaciones
abiertas con un hoyo de gran profundidad y localizado en el pueblo, es decir,
el proyecto suponía una reubicación de todos los habitantes.
La
empresa decidió empezar sus exploraciones en las comunidades campesinas del
distrito por la posible ventaja que podría ofrecerles la situación material de
pobreza de éstos (menor resistencia al proyecto) al mostrarles todas los
oportunidades de desarrollo económico y social que podría traer la implantación
de la misma. No obstante, las comunidades campesinas compartían la misma
subcultura y estaban organizadas, por lo que, la entrada del convenio supuso un
conflicto social al verse como una decisión unilateral de la empresa, con la
intención escondida de dividir a la comunidad aprovechándose de la necesidad de los pobladores de la zona.
El
elemento catalizador del conflicto ocurre el 22 de noviembre de ese mismo año,
cuando la empresa empieza sus explotaciones en la zona urbana de Tombogrande
con una autorización de la municipalidad distrital pero sin apoyo social, lo
cual generó frustración y desesperación que se reflejaron en actos violentos.
Ante
los conflictos, el alcalde junto con las diversas organizaciones se reunió con
la empresa para solucionar los problemas existentes y poder continuar con la
exploración. Pero los representantes de la empresa y el alcalde, a pesar de
aceptar un diálogo, no informaron a la población de los riesgos ni de la
seguridad de los habitantes ante los cambios que se iban a dar. Incluso un día
antes de la asamblea, el alcalde ya había firmado la resolución municipal que
autorizaba el inicio de los estudios de exploración, por lo que, al
materializarse la autorización en acción, los pobladores y representantes de
las organizaciones se sintieron traicionados, engañados y absortos ente la situación.
Es en este momento a partir del cual se produce no solo un dilema del orden público,
sino la caída de la legitimidad del poder político imperante. Esta situación
provoca que ese mismo día algunos pobladores exaltados destruyesen maquinaria y
equipos de la empresa dejando juicios abiertos por ésta.
Este
estallido es causa de la consiguiente visita del funcionario del gobierno a la
comunidad, con la necesidad de calmar el conflicto social de manera que no
suponga ningún tipo de coste al Estado en relación al dilema de orden político.
Al
quedar el poder político dominante deslegitimizado, la soberanía popular recae
en el Frente de Defensa de Tombogrande, con la solidaridad y participación de
otras organizaciones, en este caso ONGs que se suman al Frente como ayudantes,
así se constituyen las primeras alianzas de poder con una fuerte oportunidad
política, al convertirse en líder del movimiento social y representante del
distrito, podría hablarse de un Estado paralelo. Así se formó la mesa Técnica
que brindó y canalizó la asistencia legal, estratégica y de comunicaciones al
Frente de Defensa de Tombogrande y, gracias a esta red de alianzas regionales,
nacionales e internaciones hizo posible que el caso llegara a la opinión pública
nacional e internacional, volviéndose global, coincidiendo con la teoría de
Koopmans en lo que se refiere al
concepto de “contexto global” en esa doble dimensión institucional y cultural
como un contexto de oportunidades para modos específicos de política y
reivindicación.
El
repertorio de acción que utilizaron para llamar la atención fueron los parones
y marchas de sacrificio con la intención de obtener mayor información, estas
protestas no violentas se tornaron más duras, incluso llegando a
enfrentamientos entre los agricultores y la policía (burocracia del Estado para defender los
intereses de la empresa en su obligación de reprimir la protesta) al verse
frustradas las conversaciones con la empresa, al reafirmar el engaño que realizaba
la empresa al ofrecer información incompleta y al romperse el convenio entre la
empresa y los pobladores de la comunidad
del margen izquierdo.
Esta
situación de violencia entra en choque con la concepción de violencia permitida
a nivel internacional y se ve como un gesto exagerado por parte de la población
a la situación que estaba dándose, lo que provoca una ruptura con muchas de las
ONGs que estaban apoyando la causa. Este hecho provoca un giro en el repertorio
de acción, necesario por el factor cultural como explica Sewell. Así es como se
forma una consulta vecinal de la que nace el diseño de una campaña para
despertar la solidaridad entre la opinión pública de Lima y el extranjero. Se
utilizó, asimismo, la tecnología, en este caso el Internet, para difundir y
globalizar el problema.
Dado
que el movimiento había realizado acciones dentro del repertorio cultural
válido socialmente al entrar dentro de baremo de violencia legítima o, dentro
del equilibrio de respuesta permisible culturalmente, el ministro peruano
confirmó que la mina canadiense Manhattan había quedado descalificada.
7.
Conclusiones
Los
dos ejemplos propuestos pueden ser analizados a partir de las teorías y
conceptos expuestos.
Por
una parte, entender que la formación del Estado expuesta por Tilly y
Stinchcombe como legitimización por parte de los detentadores del poder y como
espacio estructurado por centros de poder, es decir, policías, tribunales,
gobiernos y parlamentos que lo respaldan, como ocurre con los Estados actuales
y con las organizaciones, véase el ejemplo de Tombogrande al valorarse el
Frente de Defesa de Tombogrande como una fuerza legitima.
El
Gobierno tiene la necesidad y obligación intrínseca de recurrir a la coerción pero
puede chocar con el valor y el significado que se le dé, por parte de la
opinión pública, al acto represivo, concretamente, cuando éste no se ve
proporcionado sino incapaz de convencer a la población a partir de argumentos,
en definitiva, cuando carece de democracia, como ocurrió en el caso de
Tombogrande.
Por
otra parte, respecto a la movilización social, Koopmans enfatiza, por su parte,
la dimensión cultural en lo que respecte a la intervención de ésta en el
discurso público de la movilización, como ocurre en ambos casos descritos.
Sewell
y Tilly también abarcan el análisis de la violencia y su legitimidad,
destacando Sewell en la capacidad de un acontecimiento para volverse fundador
de cambio social si lo sanciona algún
tipo de autoridad y la capacidad realista del estudio al evidenciar que no se
puede explicar todo de un evento.
La
diferencia entre Tilly y Sewell es que
el primero apela a cambios estructurales de larga duración para explicar los
cambios en los repertorios y estilos de la protesta violenta, mientras que el
segundo lo hace en los cambios culturales sobre el concepto de violencia,
siendo ambos conceptos complementarios y necesarios para el estudio más
longitudinal y, en el caso de acontecimientos transformadores, analizarlos más
profundamente mediante la teoría de Sewell.
El
ejercicio de la violencia tanto por medio de la protesta como en forma de
represión por parte del gobierno, se encuentra condicionada por un coste-beneficio
producto de las concepciones culturales tanto domésticas como globales
resultado de experiencias pasadas y del desarrollo histórico que influyen en el
apoyo social y de las elites políticas simpatizantes con el poder insurgente.
8.
Bibliografía.
- Palacios
Cereales, Diego (2011). “Sin efusión de sangre. Protesta, policía y costes de la represión”. En Funes, M.J.
(Ed.) A propósito de Tilly: conflicto,
poder y acción colectiva. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas. Págs.:
247-257.
- Fernanadez
Mosteyrín, L. (2011) “Sobre la capacidad transformadora de los acontecimientos:
tranformaciones en la legitimidad de la violencia política en el contexto de la Guerra contra el Terror”. En Funes,
M.J. (Ed.). A propósito de Tilly: conflicto,
poder y acción colectiva. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
Págs.: 265 – 285.
- Peredes,
Maritza (2008). “El caso de Tombogrande” en Scurrah, Martin, Defendiendo derechos y promoviendo cambios.
El estado, las empresas extractivas y las comunidades locales en Perú.
Lima: Instituto de Estudios Peruanaos y OXFAM América. Págs.: 269-300.

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