Nos situamos en el contexto de la crisis de 1929, el gran crack de la economía capitalista, en ese momento, los americanos se movilizaron en contra de los avarientos hombres de empresa, quienes, como defendía Thorstein Veblen, con la avaricia comercial y la irracionalidad de la economía de mercado habían minado los imperativos tecnológicos, y creaban despilfarro e ineficiencia a una gran escala.
Sin embargo, a diferencia de las masas populares, Veblen consideraba que “si la industria productiva del país estuviese completamente organizada como un todo sistemático y estuviese gestionada por técnicos competentes con la vista puesta… en maximizar la producción de bienes y servicios en lugar de que, como en la actualidad están en manos de gestores ignorantes con la vista puesta… en la maximización de los beneficios, la producción resultante de bienes y servicios excedería, sin duda, las actuales cifras de producción en algunas centenas por ciento”. Argumentación plausible, dentro de una planificación económica, pero disonante con la naturaleza del capitalismo.
Más tarde, en los peores momentos de la depresión, un grupo de supuestos reformadores, que se llamaban a sí mismos tecnócratas, retomaron los argumentos de Veblen apremiando a América a ceder un poder casi dictatorial a los ingenieros. Los tecnócratas se encaraban con desdén a la democracia popular, argumentando que “todos los conceptos filosóficos de la democracia humana y de la economía política han… demostrado ser escasos e ineficaces a la hora de aportar algún proyecto para el control tecnológico continental”. Los defensores de la tecnocracia apoyaban el “funcionamiento según la ciencia” en lugar del “funcionamiento según el hombre” y defendían la creación y establecimiento de un cuerpo legislativo nacional (el Tecnado), que sería el que controlaría los recursos nacionales y tomaría decisiones para gobernar la producción y la distribución de bienes y servicios con la voluntad de asegurar la máxima eficiencia en el uso de los capitales humanos, mecánicos y naturales.
Los líderes del nuevo movimiento preguntaron al pueblo americano si quería cambiar su sueño de una mañana mejor por una realidad laboral en el aquí y ahora: “ En la tecnocracia vemos la ciencia eliminando el derroche, el desempleo, el hambre y la inseguridad por los ingresos del mañana… vemos la ciencia sustituyendo una economía de escasez por una era de abundancia… [y] vemos la competencia funcional desplazando incompetencias grotescas y derrochadoras, vemos los hechos desplazando trabajados carentes de sentido, vemos el orden desplazando al desorden y vemos la planificación industrial desplazando el caos del sector secundario”.
El movimiento defensor de la tecnocracia captó la atención del país pero su éxito parecía que iba a durar poco. Las disputas internas entre sus líderes llevaron a una división del movimiento en diferentes facciones enfrentadas. Además, también coincidió con el meteórico ascenso al poder de Hitler y la fanática obsesión del Tercer Reich por la eficiencia tecnológica, que dio pie a diferentes pensadores sociales y a algunos de los votantes a que se plantearon el deseo de los tecnócratas de implantar una dictadura tecnológica en Estados Unidos.
La generación posterior a la guerra fue la primera en vivir el lanzamiento del primer satélite ruso al espacio y la carrera derivada de la guerra fría por la conquista del espacio durante los años 50 y 60 que generaron el ímpetu necesario para producir una reconsideración de la visión tecnológica. Los Jóvenes de todo el mundo empezaron a emular a los nuevos héroes de la era espacial.
Otro tipo de contratiempos tecnológicos en años recientes ha añadido factores adicionales al escepticismo general, cambiando el entusiasmo sin límites por una visión de un mundo basado en la tecnoutopía. El poder nuclear, largamente considerando como la respuesta a la búsqueda de la humanidad de una fuente de energía barata y eficiente, empezó a amenazar y a poner en peligro a la población después del accidente de la planta nuclear de Three Mile Island y con la catastrófica fractura del núcleo en la planta nuclear de Chernóbil.
En la actualidad, el sueño utópico, con más de 100 años de vida, de un futuro tecnoparaíso, vuelve a estar en vigencia. Irónicamente, cuando más cerca parecemos estar de la consecución de la fruición tecnológica del sueño utópico, más distópico aparece el propio futuro, y ello es debido a que las fuerzas del mercado de consumo continúan generando producción y beneficios con poca consideración hacia la creación del tiempo libre adicional para los millones de trabajadores cuyo trabajo está quedando desplazado por la propia tecnología.
La era de la información basada en la alta tecnología se halla en la actualidad a nuestras puertas ¿Nos llevara su llegada a la realización del sueño utópico de la vieja época, en el que se sustituye la mano de obra por máquinas, liberando finalmente a los seres humanos de sus jornadas laborales, en una era caracterizada por el posmercado? ¿O la búsqueda de obtención de beneficios privados nos llevará a una mayor precariedad, consumismo ineficiente y desempleo con altas tasas de miseria social por falta de reparto equitativo de la riqueza?
Estos son los grandes temas que, en este momento, tenemos entre manos en un mundo cada vez más conflictivo y que nos deben permitir efectuar la transición hacia un nuevo periodo de la historia, estamos en la etapa agonizante del capitalismo, en la que se observa una caída continua y exponencial del mismo que bien puede arrastrarnos, por inercia, o bien podemos oponer resistencia, cambiando las tornas, pues no se debe olvidar que la historia la escriben los propios seres humanos, las sociedades “¡El futuro está en tus manos!” podríamos decir, como dice el libro de autoayuda de Gregorio González Cordero, pero ¿Qué pasaría si cambiamos el individualismo por el pluralismo? Diríamos “¡El futuro está en nuestras manos!” y ya no hablaríamos de un libro de autoayuda, sino de acción social, y aquí sí, el calado sería más hondo y el cambio realmente cualitativo.
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