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¿LA OFERTA Y LA DEMANDA SE AUTORREGULAN? UNA CRÍTICA A ESTA VISIÓN QUE VIENE DE HACE MÁS DE 100 AÑOS.

 

El argumento del cambio tecnológico tiene su origen en los escritos de principios del siglo XIX del economista francés Jean Baptiste Say, que fue uno de los primeros en argumentar que la oferta genera su propia demanda. De acuerdo con lo escrito por él: “Un producto, tan tponto como es creado, desde ese mismo instante, proporciona un mercado para otros productos en su mismo ámbito… La creación de un producto abre, de forma inmediata, un abanico para otros productos”. Más adelante, las ideas de Say fueron asumidas por los economistas neoclásicos, que argumentaron que las nuevas tecnologías que permiten ahorros en las cargas de trabajo incrementan la productividad, mientras facilitaban que los proveedores produjeran un mayor volumen de bienes a un coste más barato por unidad. 


El aumento de la oferta de productos más baratos, genera su propia demanda. a su vez, una mayor demanda estimula una producción adicional, lo que hace que haya un nuevo crecimiento de la misma, creando de este modo un ciclo sin fin de producción creciente y de consumo. los crecientes volúmenes de productos que se colocan en el mercado garantizará que cualquier pérdida inicial en el empleo,debida a diferentes tipos de mejoras tecnológicas quedará rápidamente compensada por salarios adicionales para mantener la expansión de los niveles de producción. por añadidura, la bajada de los precios resultante de la innovación tecnológica y de los propios incrementos en la productividad, significa que los consumidores dispondrán de dinero extra para comprar productos que, más adelante, estimularan la productividad e incrementan los niveles de empleo en otras áreas de la economía. 


Aunque los trabajadores queden sustituidos por las nuevas tecnologías, el problema del desempleo se resolverá finalmente por sí solo. El creciente número de desempleados reducirá los niveles salariales. Los salarios más bajos tentaron a los empresarios a contratar trabajadores adicionales en lugar de intervenir en materiales más caros, moderando de esta forma el impacto de la tecnología sobre los puestos de trabajo. 


Frente a ello, una fuerte oposición desde las ideas de Karl Marx en 1867 redactadas en El Capital. Marx argumentaba que los fabricantes intentan continuamente reducir los costes laborales y obtener un mayor control sobre los medios de producción mediante la sustitución de seres humanos por equipamientos principales siempre y cuando sea posible. Los beneficios de los capitalistas no solamente proceden de una mayor productividad, de una reducción en los costes y de un mayor control sobre el puesto de trabajo, sino también de la creación de un amplio abanico de trabajadores desempleados disponibles, cuya capacidad de trabajo potencial está en condiciones de ser utilizada en algún otro lugar de la economía. 


Marx predijo que la creciente automatización  de la producción eliminaría finalmente y de forma generalizada a los trabajadores (“última… metamorfosis del trabajo” cuando “un sistema automático de maquinaria” finalmente sustituirá a los seres humanos en los procesos económicos) argumentaba que cada innovación tecnológica “transforma las operaciones de los trabajadores en operaciones mas y mas mecanicas, para que en un momento determinado el mecanismo usurpe su lugar. de este modo, se puede apreciar directamente como una determinada forma de trabajo pasa desde el trabajador hacia el capital bajo la forma de la máquina y de su capacidad de trabajo devaluada como resultado de este cambio. Marx consideraba que mediante la eliminación directa del trabajo humano del proceso de producción y mediante la creación de un ejército en la reserva formado por desempleados cuyos salarios podrían ser constante y permanentemente reducidos, los capitalistas podían estar inconscientemente cavando su propia tumba, puesto que serían cada vez menos los consumidores con suficiente nivel adquisitivo para comprar sus productos. 


Marx tenía razón, aunque los defensores del capitalismo intentase mitigar las hipótesis lanzadas, así, por ejemplo John Bates Clark, fundador de la American Economic Association, observaba que “una oferta de mano de obra desempleada siempre está disponible y no sería ni posible ni normal que esto faltase totalmente. el bienestar de los trabajadores requiere que el progreso continúe y ello no es posible sin que se produzca la sustitución temporal de los trabajadores” 


William Leiserson, haciéndose eco del entusiasmo de Clark, sugería que “la disponibilidad de desempleados no es peor que la situación en la que se hallan los bomberos que esperan en sus instalaciones una alarma de incendio, o la de la policía esperando la próxima llamada. 


Las ideas de bonanzas sociales económicas que debía traer la tecnología bajo el brazo vieron su despunte y caída en los locos años 20.

una reestructuración fundamental en las formas de trabajo y una ola de nuevas tecnologías que se suponía debían ahorrar mano de obra, fue el elemento de alteración de la situación económica. la cadena de montaje de Ford y la revolución organizativa de General Motors cambiaron radicalmente las formas tradicionales de actuar de las compañías de producción de bienes y servicios (el motor de combustión interna, el automóvil, y la electricidad abundante y barata). En 1912, se necesitaban 4.664 horas/hombre para construir un automóvil. A mediados de los años 20, se podría ensamblar uno en menos de 813 horas/hombre. 


Entre 1920 y 1927, la productividad en la industria americana se incrementó hasta un 40%. En el sector secundario, los resultados por hora/hombre se incrementaron a un ritmo de un 5,6% entre 1919 y 1929. Simultáneamente, desaparecieron más de 2,5 millones de puestos de trabajo. 


En 1925 el Senate Committe on Education and Labor, presidido por Robert Wagner, empezó a recoger quejas sobre el creciente número de trabajadores que eran desplazados por las nuevas tecnologías. el comité se encontró con que la mayor parte se mantenían desempleados durante un gran periodo de tiempo y que cuando encontraban trabajo era, en general, con un nivel salarial inferior. 


A medida que la productividad se disparaba durante los años 20 y un creciente número de trabajadores se quedaban sin trabajo, las ventas descendieron de forma más que dramática. enfrentados a una situación de sobreproducción y con un número de compradores insuficiente, la comunidad empresarial empezó a poner en marcha sus mecanismos de relaciones públicas para relanzar el consumo público. 


La comunidad empresarial esperaba que, convenciendo a los que todavía tenían trabajo de que compraran más y ahorran menos, lograrían vaciar sus almacenes y estanterías y mantendrían la economía americana en funcionamiento. su cruzada para convertir a los trabajadores americanos en consumidores “en masa” empezó a ser conocida como el evangelio del consumo. 


Así, consumismo y capitalismo han ido de la mano en esa búsqueda de mayor productividad, en la que el crecimiento de beneficios se lo queda el empresario mientras reduce mayor número de costes, así será reduciendo plantilla. No obstante, y como bien expone Marx, el capitalismo, por su contradicción natural, cava su propia tumba al destruir al proletariado. como un parásito que se alimenta de un cuerpo vivo, que, chupando de él hasta la última gota de vida, cae muerto y muere con él.

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