Tal como afirma el economista Paul Samuelson, los crecientes gastos gubernamentales han sido la única forma viable para “engañar al demonio de la demanda no efectiva”. El creciente desempleo tecnológico y la demanda insuficiente ha forzado a los diferentes gobiernos federales a adoptar estrategias de gasto público, con el consiguiente incremento de los déficits, para crear empleo; lo que ha llevado a que el presupuesto federal se haya cerrado cada año, excepto uno, con “números rojos” desde que el presidente Kennedy asumió la presidencia en 1961.
Los crecientes déficits federales y el aumento astronómico del nivel de deuda pública han captado la atención del público mentalizado de la necesidad de recortar los gastos. También en otros países se están empezando a oír voces sobre la urgente necesidad de actuar sobre los déficits y sobre la deuda.
En los EE.UU. la mayoría de los recortes se producen actualmente en defensa. El desmantelamiento se ha producido inesperadamente, en gran parte como respuesta a la disolución de la antigua Unión Soviética.
Buena parte del actual fervor por ajustar los gastos gubernamentales y reducir los déficits son consecuencia de la convicción de que estas reducciones favorecen la bajada de los tipos de interés, lo que a su vez dinamizará de nuevo el gasto de los consumidores y las inversiones de las empresas. Si por un lado las menores tasas contribuirán a que se incremente la construcción de viviendas y la venta de automóviles, por otro lado, se producirá un efecto adquisitivo, como consecuencia de los recortes de los tipos de interés que animarán la inversión en las empresas. Un creciente número de economistas creen que “la inversión en creación de puestos de trabajo está más influida por la demanda del mercado y las perspectivas de beneficios que por los tipos de interés”. Las bajas en los tipos de interés son cada vez menos relevantes si no hay suficientes clientes para comprar los productos.
Asimismo, unos cuantos economistas se manifiestan en contra de la previsión generalizada, y advierten que mayores reducciones en los gastos gubernamentales pueden lanzar a la economía a una mayor confusión, de la que , tal vez, no se recupere.
La opinión de Alperovitz es que el déficit no es algo tan terrible como puede parecer, en contra de la retórica al uso. Por el contrario, argumenta que si se analizan las consecuencias de las guerras recientes, “un incremento muy sustancial en el déficit a corto plazo que estimule un fuerte crecimiento puede recuperarse en los años venideros mediante un incremento de los impuestos a las empresas que están en expansión y cuenten con trabajadores a tiempo completo”. Asimismo, reconoce que “mientras este tipo de política tiene muchos defensores, de momento tiene relativamente poca viabilidad política”. Ya que, este tipo de política se basa, prácticamente, en el negocio de la guerra (guerras de rapiña entre imperialismos)
A pesar de la importante evidencia de los impactos desestabilizadores de la nueva revolución tecnológica, los lideres gubernamentales continúan defendiendo la idea de la tecnología cambiante como elemento de cambio, considerando, contra cualquier evidencia en sentido contrario, que las innovaciones tecnológicas, los avances en productividad y el descenso de los precios generarán suficiente demanda y llevaran a la creación de un mayor número de nuevos puestos de trabajo que los que se destruirían.
Aferrarse a un paradigma económico viejo y pasado de moda en una nueva era postindustrial podría resultar desastroso y harto peligroso para la economía global y para la civilización del siglo XXI. Por lo que surgen dos visiones sobre el futuro de la economía y el proceso hacia éste: por una parte, la visión de los empresarios que, como ya somos conocedores, se basa en un mundo de relaciones de mercado y de consideraciones estrictamente comerciales. Por otra parte, es decir, la segunda de las visiones, liderada por muchos de los más conocidos pensadores, nos lleva a una nueva era en la que las fuerzas comerciales presentes en el mercado quedan minimizadas, hasta prácticamente, desaparecer, por las fuerzas de la comunidad, de una sociedad bien informada.
En la actualidad, por primera vez en nuestras vidas, se nos está empezando a hacer evidente que las ganancias en productividad no llevan a menudo a un amyor nivel de ocio, sino a situaciones de desempleo. A razón de esta evidencia, podemos concluir que la visión empresarial se aleja de los intereses de los trabajadores y alimenta una realidad fantasiosa, así vemos que, si los empresarios han contemplado siempre las nuevas tecnologías como un medio para generar mayores nivel de producción, mayores beneficios y más y más trabajo, lo público ha sostenido de forma sistemática una visión alternativa: la de que algún día la tecnología sustituirá al ser humano y le liberará de por vida, dándole más capacidad para disfrutar de su tiempo libre y de ocio.
¿Qué vertiente se dará en el futuro? Dado que las sociedades las construimos nosotros, los humanos, el futuro de las mismas dependerá de nuestras posiciones en el tablero de las fuerzas políticas, económicas y sociales, de nuestro activismo, de nuestras demandas y luchas, depende hacia donde se incline la balanza.
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