Nos encontramos en la Edad Contemporánea, con el avance de las nuevas tecnologías, producto del desarrollo industrial y los nuevos estudios científicos, junto con la cimentación del nuevo sistema económico liderado por la creciente burguesía que necesitaba, para enfatizar dicha cimentación, de una supraestrucutra, política y cultural que consolidase en las masas trabajadoras la idea de progreso en nombre del capitalismo llenando las mentes del pueblo de ideas de progreso y mejora que se conseguirían cuando el sistema capitalista tomase mayor fuerza.
La totalidad de los utópicos tecnológicos, es decir, aquellos que veían el avance tecnológico como el avance hacia la nueva era de tiempo libre y productividad exaltante, consideraban que un uso más eficiente del tiempo y de las máquinas conduciría a un futuro sin trabajo, caracterizado por la vasta abundancia de material y de tiempo libre ilimitado.
La búsqueda de mayores beneficios a través de una mayor productividad y un recorte de gastos se entroniza alrededor de la palabra “Eficiencia”, que terminó siendo el máximo rendimiento que podía ser producido en el menor tiempo posible, consumiendo en el proceso la menor cantidad de energía, trabajo y capital.
El mayor responsable de la popularización del concepto fue Frederick W Taylor. Sus principios de “gestión empresarial científica” publicados en 1895, se convirtieron en los estándares de referencia para la organización del trabajo.
Mediante el uso del cronómetro, Taylor dividió la tarea de todo trabajador en las partes visibles más pequeñas que se puedan identificar, para, a continuación, medir cada una de ellas para averiguar el mejor tiempo posible bajo las condiciones óptimas de sus presentaciones. Sus estudios permitían calibrar los resultados obtenidos por los trabajadores hasta en fracciones de segundo. Mediante el cálculo de los tiempos medios y de los mejores tiempos a emplear podría definir las cargas de trabajo que corresponden a cada puesto, lo que le permitiría poder hacer recomendaciones sobre dónde introducir cambios en el proceso que permite ahorrar preciosos segundos e incluso milésimas de segundo.
La gestión empresarial científica, afirma Harry Braverman, “es el estudio organizado del trabajo, es el análisis del trabajo separándolo en sus elementos más simples y es la mejora sistemática de las prestaciones de los trabajadores a partir de cada uno de sus elementos”.
La eficacia se convirtió pues en factor clave del puesto de trabajo y de la vida de la moderna sociedad siendo una forma de valorar el tiempo que podía ser fácilmente aplicada al trabajo de los seres humanos y al de la sociedad entera. Muchos llegaron a considerar que siendo más eficientes se podría recortar el número de personas necesarias para realizar un trabajo y ganar, con ello, más riquezas y tiempo libre.
Los economistas de la época empezaron a considerar la misión empresarial tanto en términos del avance en el progreso tecnológico y en conseguir eficiencia como en producir beneficios para los accionistas.
Por su parte, los progresistas de la época apelaron a la despolitización de los gobiernos y a la introducción de los principios de la gestión científica de empresas en los programas gubernamentales locales, estatales y federales.
Los reformistas esperaban que una nueva generación de directivos profesionales sustituyese a los políticos electos en las estructuras administrativas, convirtiendo a los gobiernos en entes más científicos y eficientes. Se establecieron nuevas escuelas profesionales con la finalidad de formar a los estudiantes sobre la forma de aplicar los principios de la gestión empresarial científica a las estructuras gubernamentales, con la esperanza de sustituir el arte de la política por la ciencia de la administración.
La cruzada de la eficiencia llegó a cada una de las posibles áreas de influencia de la vida, sobre todo en américa del norte, recomponiendo la sociedad sobre los exactos estándares temporales de la cultura mecanicista industrial. Poco antes, las revistas populares y los periódicos habían empezado a centrar su atención en el sistema educativo americano, responsabilizado a los profesores y administradores de la nación de la ineficiencia y de la pérdida de la contribución productiva potencial de las siguiente generación de trabajadores.
En el verano de 1912 el Ladies’ Home Journal publicó un artículo crítico titulado “¿Son las escuelas públicas un fracaso?”, culpando del creciente desempleo, el hambre, el incesto y de la corrupcion derivada de los metodos ineficaces de enseñanza, causantes de los fallos en la preparacion de la juventud de la nacion para convertirse en ciudadanos eficientes y productivos. Aquel mismo año fueron advertidos de que “las escuelas, al igual que otro tipo de negocios e instituciones, deben someterse al examen de eficiencia”.
El dogma de la eficiencia fue incluso llevado hasta las parcelas privadas de la vida diaria. En 1912 la locura llegó hasta el mismo hogar con la publicación de un artículo en el Ladies’ Home Journal, titulado “La nueva economía doméstica”. La autora, Christine Frederick, informaba a las amas de casa de América de que ya había llegado el momento de hacer que la gestión del hogar se hiciera de una forma más eficiente y productiva.
Poco a poco, los valores de la era de la industrialización que mayor interés creaban en la élite económica iban transformando a las masas trabajadoras hacia quehacer y un pensar que permitía la aceptación de los requisitos capitalistas en los puestos de trabajo y cimentaban una sociedad desigual, en la que los mayores beneficios se aglutinaban en cada vez, menos manos.
La idea del tiempo libre entraba poco a poco en contradicción con los valores de la eficacia y la productividad, así, los sueños de un futuro laxo y de ocio que se habían prometido se iban esfumando, incluso se veían de forma negativa.
¿Qué es eso de perder el tiempo en quehaceres improductivos?
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