EL GRAN DEBATE SOBRE LA AUTOMATIZACIÓN. LA NEGACIÓN DEL PROBLEMA EN LAS ÉLITES ECONÓMICAS Y POLÍTICAS
Algunos líderes de los derechos civiles, allá por los años 60 previeron las nefastas consecuencias de la automatización para la sociedad.
En marzo de 1963 un grupo de distinguidos científicos, economistas y académicos liderados por J.Robert Oppenheimer, el director del Institute for Advanced Studies en la Universidad de Princeton, publicó una carta abierta al presidente de los Estados Unidos, en The New York Times, advirtiendo de los peligros de la automatización para el futuro de la economía americana y proponiendo un debate nacional al respecto. el Ad Hoc Committee on the Triple Revolution, cuyo nombre era consecuencia del análisis efectuado respecto a los tres nuevos cambios revolucionarios que se estaban produciendo en la sociedad, la revolución cibernética, la revolución armamentística y la revolución de los derechos humanos, argumentaba que las nuevas tecnologías cibernéticas forzaban un cambio fundamental en las relaciones entre ingresos y trabajos.
Ello se traduce en un sistema de capacidad productiva prácticamente ilimitada y que, progresivamente, requiere el uso de menores cantidades de mano de obra.
El Comité reiteraba que “los negros son el grupo más afectado de los muchos que sufrirán el exilio de la economía debido a la cibernética”, pero también predecía que, con el tiempo, la nueva revolución de los ordenadores asumiría un mayor número de tareas productivas de la economía, dejando a millones de trabajadores sin empleo. El comité pidio al presidente y al Congreso que consideran la forma de garantizar que cada ciudadano pudiera disponer de “unos adecuados ingresos como derecho inalienable” como forma de distribuir fondos entre los millones de personas que perdieron su trabajo por las nuevas técnicas.
Las advertencias del Ad Hoc Committee captaron la atención de la Casa Blanca. En julio de 1963 el presidente Kennedy decidió la creación de una National Commission on Automation.
El informe de la comisión, trató de comprometerse tanto con los que argumentaban que la revolución cibernética requería una respuesta inmediata por parte del gobierno, como con la comunidad empresarial, los cuales opinaban que la sustitución producida por la tecnología era una evolución normal del progreso económico y que sería, finalmente, asimilada por cualquier economía fuerte.
A pesar de que los autores del informe del gobierno intentaban establecer una cierta distancia entre ellos y los críticos y fijar una posición central para afrontar el problema, muchas de sus sentencias reforzaban los argumentos expuestos por el Oppenheimer Committee on the triple Revolution. Por ejemplo, reconocían el destructivo impacto de la revolución de las nuevas técnicas sobre la América Negra.
La comisión gubernamental argumentaba que “la tecnología elimina puestos de trabajo, no trabajo propiamente dicho”, defendiendo el mismo argumento que empleaban Oppenheimer y los autores del informe de la triple Revolution. si la economía producía trabajo sin trabajadores, tal como parecían sugerir ambas partes, entonces debería ser necesaria alguna forma de intervención gubernamental para dar pie a alguna fuente de ingresos y de poder adquisitivo para paliar el efecto del creciente número de trabajadores sustituidos por las nuevas tecnologías, que permiten importantes ahorros en mano de obra e incrementos en la productividad. la comisión económica, al adaptar los incrementos en potencial productivo a aquellos adquisitivos y de demanda. De no ser así, el potencial creado por el progreso técnico conducirá a una capacidad no aprovechada, al desempleo y a privaciones.
Al final la comisión presidencial llegó a la conclusión de que la sustitución tecnológica es una condición coyuntural y necesaria, generada como consecuencia del progreso económico. a este mesurado optimismo le respalda un repentino giro en la económica y un descenso de las cifras de desempleo como consecuencia, en gran medida, de los replanteamientos industriales a raíz del conflicto de Vietnam.
Las élites empresariales y sus compatriotas en las altas esferas políticas, no ven el problema de la obtención del máximo beneficio a través del avance tecnológico porque el efecto que provoca éste sobre sus vidas es de aumento de la plusvalía y del porcentaje de beneficios extraídos, mientras que la población reduce su calidad de vida a los trabajos precarios y el desempleo sostenido algunas veces con míseras ayudas sociales.
La tecnología no debería reducir puestos de trabajo, sino horas de trabajo, aumentando la calidad laboral y de vida de toda la población, ampliando el tiempo de ocio y autorrealización. Pero pensar en un progreso globalmente positivo en utópico bajo las reglas del capitalismo, como se ha podido y se puede observar.
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