Cuando hablamos de memoria colectiva, hablamos también de política y, por tanto, de ideología, que se da en el mismo acto de hacer y preservar el pasado social.
En este artículo se hace referencia a la homosexualidad durante el capitalismo y el franquismo, un pasado colectivo que ha sido olvidado o enterrado, como otros tantos, y que en la actualidad empieza a ver la luz después de varias excavaciones a través de entrevistas, testigos y documentos que nos permiten observar como estas reivindicaciones, aun necesarias, han pasado de criticar el sistema a formar parte de él.
Adentrándonos en la historia, y dentro de la homosexualidad, referencia especial tienen las mujeres, quienes sufrieron una doble discriminación: por ser mujeres y por ser lesbianas/bisexuales. Empecemos por los “apelativos”: ¿De dónde viene la palabra “bollera” y “tortillera”? ¿Tienen relación con la palabra “Camionera”?
Los términos “bollo” o “bollera” pueden tener varios orígenes: el primero, la relación con la bollera (pastora de toros) un trabajo socialmente asignado a los hombres, por lo que estaríamos delante de un proceso similar al que se produce con “camionera”. El segundo origen, más simple, proviene de la relación de bollera con bollo, como argot de vulva. Tortillera también da origen de la misma manera a los términos de lesbiana, o arepera y cachapera, utilizados en América Latina. El tercero, más místico, hace referencia a las sacerdotisas de hace 400 años en sus rituales religiosos únicamente femeninos y de carácter astronómico; unos rituales residuales del periodo matriarcal.
Estos términos, utilizados como insultos unen aquello personal (la sexualidad) con la política, un hecho que expresa muy bien Eva Parrondo: “Partiendo de la base de la distinción entre <aquello personal> (<lo que es propio de la persona>, algo que concierne a la propia vida) y <aquello político> (<aquello propio de la comunidad>, cosa que concierne a la vida comunitaria), se trata de una distinción subjetiva de transformaciones históricas, que descubre que las cosas más cotidianas (desde la alimentación hasta en las relaciones sociales, por poner un par de ejemplos) son políticas y que, por tanto, pueden y deben formar parte de la lucha por la transformación social en libertad, es decir, en la obertura de horizontes vitales propios”.
Relacionado con los términos utilizados y su significación social se puede comprender la reapropiación del insulto como un acto reivindicativo. Conocer y recordar el origen de estas palabras es una forma de reivindicar y mantener vivas las luchas políticas que nacen del caldo cultural impuesto, como también ocurrió con el apelativo de “rojo”. Junto a esta reapropiación del insulto también se crearon espacios seguros, dónde sentirse humano, acogido, entendido y aceptado, una necesidad atada a nuestra naturaleza social. Uno de estos espacios en la Edad Media, por muy sorprendente que pueda sonar, fueron los conventos. Por ello, en los concilios de Paris (1212) y Ruán (1214) se prohibió a las monjas dormir juntas y se les obligó a que hubiese una luz encendida toda la noche. Estas normas monásticas intentaban evitar cualquier acercamiento entre las religiosas. Un caso sorprendente es el de Sor Juana Inés de la Cruz, aclamada escritora del siglo de oro de la literatura castellana, que dedicó sonetos románticos a la virreina de México.
Siglos más adelante la cuestión sexual continuaba en su línea. En el siglo XIX - XX, se estableció el modelo patológico del lesbianismo, etiquetándola como una “enfermedad mental”. Un hecho que significó la despolitización de los movimientos que iban surgiendo de la disconformidad y no fue hasta el año 1990 que la homosexualidad deja de ser considerada una enfermedad.
Disconformidad sonada en la España franquista, dónde la contracultura gay y lesbiana intentó transgredir los valores que definía el régimen nacional-católico, pues durante la mayor parte de este periodo, la homosexualidad fue obviada por las leyes franquistas hasta que a partir de los años 50, con la mejora económica y la modernización se impuso una reforma de la ley de Vagos y Maleantes (promulgada durante la II República en 1933), esta reforma de 1954 consideraba peligrosos a los homosexuales, por atentar contra la paz social y moral. El internamiento en instituciones especiales con absoluta separación del resto de presos era una de las medidas que se llevaron a cabo.
En el año 1970, se promulgó la “Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social” que pasaría a sustituir la antigua ley de Vagos y Maleantes. El tratamiento de la homosexualidad no mejoró, ya que éstos eran enviados a prisiones i manicomios para ser “curados”. El régimen franquista estableció dos penales, uno en Badajoz (para los pasivos) i otro en Huelva (para los activos).
En cuanto a las mujeres, la función de éstas en la sociedad consistía en tener hijos (aumentar la natalidad) y ser amas de casa. Esta sumisión ejercida por el Estado y la Iglesia era fundamental para mantener el régimen franquista. Las mujeres que se negaban a seguir el camino establecido solo tenían como salida la soltería, la prostitución o la religión (en un convento). Las lesbianas, por tanto, vivieron durante el franquismo en la clandestinidad, algo que no ocurría con los hombres homosexuales que tenían una identidad y un lugar en el imaginario colectivo aunque sea de manera negativa.
En cuanto a la religión, ya no solo la católica, la homosexualidad se conoce como uno de los grandes pecados, ¿Por qué? Porque el matrimonio tenía una función muy clara: la reproducción y la transferencia de herencia (el matrimonio como unión de interés político y económico). Dos personas del mismo sexo no pueden tener hijos biológicos que sigan la religión y el sistema de herencias, cosa que explica la clara oposición al matrimonio igualitario. Este argumento de la natalidad ha perdido importancia, ya que cada vez se necesitan menos individuos para mover la economía y la repartición de la herencia sigue otros caudales. Sin embargo, este argumento “naturalista de la sexualidad” todavía permanece en el imaginario colectivo, junto a las historias de Sodoma i Gomorra (dos ciudades destruidas por Dios al ser ciudades pecadoras)
En la actualidad, parece que hayamos alcanzado un cierto plano de igualdad entre sexos y una amplia tolerancia a las opciones sexuales a pesar de que continúen existiendo conatos de vieja cultura, un hecho anteriormente mencionado, como los últimos tres ataques recibidos contra homosexuales en España, concretamente en las ciudades de Madrid, Valencia y Galicia. Lo cierto es que he dicho “vieja cultura” porque ésta consistía en una represión directa ejercida contra todo aquello que se sale de los parámetros morales, pero este conservadurismo no desaparece, sino que es suplantado por una aparente libertad en la que los individuos, sobre todo en las mujeres, quienes se esfuerzan en conseguir las metas establecidas del sistema (cánones de belleza, sensualidad, éxito, compromiso…) que afecta de nuevo a la vida intima de las personas, porque aquello que es íntimo, recordamos, también es político. En relación con este nuevo modelo de imposición indirecta o de crítica al diferente, encontramos que el capitalismo ataca las posiciones sexuales que lo ponen en entredicho. La mejor manera de hacerlo es convirtiendo la contracultura en cultura del sistema, comenzando un proceso destinado a acabar con cualquier cuestión política de la sexualidad. Lo que los años 60 y 70 se denominaba “opción sexual” pasa a decirse “orientación sexual” con tal de quitarle componente critico. Cierto es que no tenemos que mirar muy lejos para ver como el capitalismo se ha apoderado del día del orgullo (una fecha que originalmente conmemoraba los hechos de Stonewall en 1969 y que, a base a ella, animaba a seguir con la lucha), se ha convertido en una gran fiesta, explotada por las marcas y aprovechada por partidos políticos de manera populista, obteniendo de esta exreivindicación un provecho económico. No es de extrañar ver carrozas del orgullo con márquetin de partidos políticos como Ciudadanos, uno de los ejemplos más descarados, que enarbolaban la bandera de la libertad sexual mientras se aproximaban a discursos homofóbicos de la derecha en diferentes ciudades (Almería, Nerja, Cádiz y Ciudad Real en 2015) bajo declaraciones como: “llamar matrimonio a la unión homosexual genera tensiones innecesarias” (Albert Rivera, 2006).
Conscientes de que el capitalismo a eliminado la parte critica de la lucha del orgullo y la ha transformado en una cultura propia del sistema aprovechándose de ella; siendo conscientes de la manipulación que recae sobre la mujer para que entre en unos cánones y de paso, como siempre, obtener beneficio económico; pasamos al siguiente punto: la utilización de la homosexualidad entre mujeres como tiro pornográfico. De hecho, cuando buscas “lesbianas” en Google, los enlaces que nos encontramos en la mayoría de casos son de contenido pornográfico. El conjunto, en general, de películas LGTB+ son de contenido sexual o trágico como en “La vida de Adele”, “Carol”, “Tormenta de verano”, “Rosas Rojas” (que no las 13 rosas rojas), “Con amor” y “Simón”, entre otras. Así como las provenientes de Japón, como las Yaoi (género japonés que plasma la relación romántica y/o erótica entre dos hombres) y Yuri (el mismo género artístico pero entre dos mujeres y más pésima porque hace un fetiche de las relaciones románticas que suelen ser, además, tóxicas).
La discriminación tiene muchas formas y afecta directamente al sentimiento de seguridad, sus formas más claras son los estereotipos, las rupturas de respeto motivadas por el odio aprendido y la ignorancia, entre otros. Al rechazar la heterosexualidad, muchas mujeres se enfrentan a la frustración del género masculino que las estigmatiza y las ataca bajo comentarios como “eso es que no has probado una buena polla”, o relacionando la homosexualidad con la duda, la indecisión, el fracaso, la ruptura o la insatisfacción de las relaciones heterosexuales. Por tanto, para que una persona sea feliz y se sienta aceptada, tiene que encontrarse en un lugar seguro y el círculo familiar es el lugar que debería brindarnos más seguridad. La reacción del círculo familiar es esencial, recibir insultos como “zorra o viciosa” por tu sexualidad genera sufrimiento, denotan homofobia, transfobia y machismo, motivan la cohibición, el miedo y la desconfianza.
La lucha por la libertad sexual de las personas no ha terminado, sino que tiene un doble frente: por una parte la lucha contra el conservadurismo, y por otra, contra el comercialismo y la despolitización capitalista del movimiento. El sistema no cae sin movilización, incomodidad y acción, pero el cambio comienza con parámetros individuales. Por eso es necesario romper los esquemas que guardan la ignorancia, aquellos que, ya viejos, no aglutinan la diversidad y empequeñecen al ser humano.
La base de este articulo pertenece a “Dones més enllà de l’heterosexualitat: una aproximació a les vivències de dones lesbianes i bisexuals” de Elena Climent González, Rut Navarro Mahiques y María Pascual Manchano. A quienes doy las gracias por la documentación y testimonios aportados.
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